El partido II
Su nariz trazó una línea sobre la piel de mi garganta hasta el borde de la barbilla. Su aliento frío me cosquilleaba la piel.
- ¿Y ahora? -susurraron sus labios contra mi mandíbula.
-Árboles -aspiré aire-. Movimiento, mareo.
Levantó la cabeza para besarme los párpados.
-Bella, en realidad, no crees que te vayas a estampar contra un árbol, ¿a que no?
-No, aunque podría -repuse sin mucha confianza. Él ya olía una victoria fácil.
Me besó, descendiendo despacio por la mejilla hasta detenerse en la comisura de mis labios.
- ¿Crees que dejaría que te hiriera un árbol?
Sus labios rozaron levemente mi tembloroso labio inferior.
-No -respiré. Tenía que haber en mi defensa algo eficaz, pero no conseguía recordarlo.
-Ya ves -sus labios entreabiertos se movían contra los míos-. No hay nada de lo que tengas que asustarte, ¿a que no?
-No -suspiré, rindiéndome.
Entonces tomó mi cara entre sus manos, casi con rudeza y me besó en serio, moviendo sus labios insistentes contra los míos.
Realmente no había excusa para mi comportamiento. Ahora lo veo más claro, como es lógico. De cualquier modo, parecía que no podía dejar de comportarme exactamente como lo hice la primera vez. En vez de quedarme quieta, a salvo, mis brazos se alzaron para enroscarse apretadamente alrededor de su cuello y me quedé de pronto soldada a su cuerpo, duro como la piedra. Suspiré y mis labios se entreabrieron.
Se tambaleó hacia atrás, deshaciendo mi abrazo sin esfuerzo.
- ¡Maldita sea, Bella! -se desasió jadeando-. ¡Eres mi perdición, te juro que lo eres!
Me acuclillé, rodeándome las rodillas con los brazos, buscando apoyo.
-Eres indestructible -mascullé, intentando recuperar el aliento.
-Eso creía antes de conocerte. Ahora será mejor que salgamos de aquí rápido antes de que cometa alguna estupidez de verdad -gruñó.
Me arrojó sobre su espalda como hizo la otra vez y vi el tremendo esfuerzo que hacía para comportarse dulcemente. Enrosqué mis piernas en su cintura y busqué seguridad al sujetarme a su cuello con un abrazo casi estrangulador.
-No te olvides de cerrar los ojos -me advirtió severamente.
Hundí la cabeza entre sus omóplatos, por debajo de mi brazo, y cerré con fuerza los ojos.
No podía decir realmente si nos movíamos o no. Sentía la sensación del vuelo a lo largo de mi cuerpo, pero el movimiento era tan suave que igual hubiéramos podido estar dando un paseo por la acera. Estuve tentada de echar un vistazo, sólo para comprobar si estábamos volando de verdad a través del bosque igual que antes, pero me resistí. No merecía la pena ganarme un mareo tremendo. Me contenté con sentir su respiración acompasada.
No estuve segura de que habíamos parado de verdad hasta que no alzó el brazo hacia atrás y me tocó el pelo.
-Ya pasó, Bella.
Me atreví a abrir los ojos y era cierto, ya nos habíamos detenido. Medio entumecida, deshice la presa estranguladora sobre su cuerpo y me deslicé al suelo, cayéndome de espaldas.
- ¡Ay! -grité enfadada cuando me golpeé contra el suelo mojado.
Me miró sorprendido; era obvio que no estaba totalmente seguro de si podía reírse a mi costa en esa situación, pero mi expresión desconcertada venció sus reticencias y rompió a reír a mandíbula batiente.
Me levanté, ignorándole, y me puse a limpiar de barro y ramitas la parte posterior de mi chaqueta. Eso sólo sirvió para que se riera aún más. Enfadada, empecé a andar a zancadas hacia el bosque.
Sentí su brazo alrededor de mi cintura.
- ¿Adonde vas, Bella?
-A ver un partido de béisbol. Ya que tú no pareces interesado en jugar, voy a asegurarme de que los demás se divierten sin ti.
-Pero si no es por ahí... ;
Me di la vuelta sin mirarle, y seguí andando a zancadas en la dirección opuesta. Me atrapó de nuevo.
-No te enfades, no he podido evitarlo. Deberías haberte visto la cara -se reía entre dientes, otra vez sin poder contenerse.
-Ah claro, aquí tú eres el único que se puede enfadar, ¿no? -le pregunté, arqueando las cejas.
-No estaba enfadado contigo.
- ¿«Bella, eres mi perdición»? -cité amargamente.
-Eso fue simplemente la constatación de un hecho.
Intenté revolverme y alejarme de él una vez más, pero me sujetó rápido.
-Te habías enfadado -insistí.
-Sí.
-Pero si acabas de decir...
-No estaba enfadado contigo, Bella, ¿es que no te das cuenta? -Se había puesto serio de pronto, desaparecido del todo cualquier amago de broma en su expresión-. ¿Es que no lo entiendes?
- ¿Entender el qué? -le exigí, confundida por su rápido cambio de humor, tanto como por sus palabras.
-Nunca podría enfadarme contigo, ¿cómo podría? Eres tan valiente, tan leal, tan... cálida.
-Entonces, ¿por qué? -susurré, recordando los duros modales con los que me había rechazado, que no había podido interpretar salvo como una frustración muy clara, frustración por mi debilidad, mi lentitud, mis desordenadas reacciones humanas...
Me puso las manos cuidadosamente a ambos lados de la cara.
-Estaba furioso conmigo mismo -dijo dulcemente-. Por la manera en que no dejo de ponerte en peligro. Mi propia existencia ya supone un peligro para ti. Algunas veces, de verdad que me odio a mí mismo. Debería ser más fuerte, debería ser capaz de...
Le tapé la boca con la mano.
-No lo digas.
Me tomó de la mano, alejándola de los labios, pero manteniéndola contra su cara.
-Te quiero -dijo-. Es una excusa muy pobre para todo lo que te hago pasar, pero es la pura verdad.
Era la primera vez que me decía que me quería, al menos con tantas palabras. Tal vez no se hubiera dado cuenta, pero yo ya lo creo que sí.
-Ahora, intenta cuidarte, ¿vale? -continuó y se inclinó para rozar suavemente sus labios contra los míos.
Me quedé quieta, mostrando dignidad. Entonces, suspiré.
-Le prometiste al jefe Swan que me llevarías a casa temprano, ¿recuerdas? Así que será mejor que nos pongamos en marcha.
-Sí, señorita.
Sonrió melancólicamente y me soltó, aunque se quedó con una de mis manos. Me llevó unos cuantos metros más adelante, a través de altos helechos mojados y musgos que cubrían un enorme abeto, y de pronto nos encontramos allí, al borde de un inmenso campo abierto en la ladera de los montes Olympic. Tenía dos veces el tamaño de un estadio de béisbol.
Allí vi a todos los demás; Esme, Emmett y Rosalie, sentados en una lisa roca salediza, eran los que se hallaban más cerca de nosotros, a unos cien metros. Aún más lejos, a unos cuatrocientos metros, se veía a Jasper y Alice, que parecían lanzarse algo el uno al otro, aunque no vi la bola en ningún momento. Parecía que Carlisle estuviera marcando las bases, pero ¿realmente podía estar poniéndolas tan separadas unas de otras?
Los tres que se encontraban sobre la roca se levantaron cuando estuvimos a la vista. Esme se acercó hacia nosotros y Emmett la siguió después de echar una larga ojeada a la espalda de Rosalie, que se había levantado con gracia y avanzaba a grandes pasos hacia el campo sin mirar en nuestra dirección. En respuesta, mi estómago se agitó incómodo.
- ¿Es a ti a quien hemos oído, Edward? -preguntó Esme conforme se acercaba.
-Sonaba como si se estuviera ahogando un oso -aclaró Emmett.
Sonreí tímidamente a Esme.
-Era él.
-Sin querer, Bella resultaba muy cómica en ese momento -explicó rápido Edward, intentando apuntarse el tanto.
Alice había abandonado su posición y corría, o más bien se podría decir que danzaba, hacia nosotros. Avanzó a toda velocidad para detenerse con gran desenvoltura a nuestro lado.
-Es la hora -anunció.
El hondo estruendo de un trueno sacudió el bosque de en frente apenas hubo terminado de hablar. A continuación retumbó hacia el oeste, en dirección a la ciudad.
-Raro, ¿a que sí? -dijo Emmett con un guiño, como si nos conociéramos de toda la vida.
-Venga, vamos...
Alice tomó a Emmett de la mano y desaparecieron como flechas en dirección al gigantesco campo.
Ella corría como una gacela; él, lejos de ser tan grácil, sin embargo le igualaba en velocidad, aunque nunca se le podría comparar con una gacela.
- ¿Te apetece jugar una bola? -me preguntó Edward con los ojos brillantes, deseoso de participar.
Yo intenté sonar apropiadamente entusiasta.
- ¡Ve con los demás!
Rió por lo bajo, y después de revolverme el pelo, dio un gran salto para reunirse con los otros dos. Su forma de correr era más agresiva, más parecida a la de un guepardo que a la de una gacela, por lo que pronto les dio alcance. Su exhibición de gracia y poder me cortó el aliento.
- ¿Bajamos? -inquirió Esme con voz suave y melodiosa.
En ese instante, me di cuenta de que lo estaba mirando boquiabierta. Rápidamente controlé mi expresión y asentí. Esme estaba a un metro escaso de mí y me pregunté si seguía actuando con cuidado para no asustarme. Acompasó su paso al mío, sin impacientarse por mi ritmo lento.
- ¿No vas a jugar con ellos? -le pregunté con timidez.
-No, prefiero arbitrar; alguien debe evitar que hagan trampas y a mí me gusta -me explicó.
-Entonces, ¿les gusta hacer trampas?
-Oh, ya lo creo que sí, ¡tendrías que oír sus explicaciones! Bueno, espero que no sea así, de lo contrario pensarías que se han criado en una manada de lobos.
-Te pareces a mi madre -reí, sorprendida, y ella se unió a mis risas.
-Bueno, me gusta pensar en ellos como si fueran hijos míos, en más de un sentido. Me cuesta mucho controlar mis instintos maternales. ¿No te contó Edward que había perdido un bebé?
-No -murmuré aturdida, esforzándome por comprender a qué periodo de su vida se estaría refiriendo.
-Sí, mi primer y único hijo murió a los pocos días de haber nacido, mi pobre cosita -suspiró-. Me rompió el corazón y por eso me arrojé por el acantilado, como ya sabrás -añadió con toda naturalidad.
-Edward sólo me dijo que te caíste -tartamudeé.
-Ah. Edward, siempre tan caballeroso -esbozó una sonrisa-. Edward fue el primero de mis nuevos hijos. Siempre pienso en él de ese modo, incluso aunque, en cierto modo, sea mayor que yo -me sonrió cálidamente-. Por eso me alegra tanto que te haya encontrado, corazón -aquellas cariñosas palabras sonaron muy naturales en sus labios-. Ha sido un bicho raro durante demasiado tiempo; me dolía verle tan solo.
-Entonces, ¿no te importa? -Pregunté, dubitativa otra vez-. ¿Que yo no sea... buena para él?
-No -se quedó pensativa-. Tú eres lo que él quiere. No sé cómo, pero esto va a salir bien -me aseguró, aunque su frente estaba fruncida por la preocupación. Se oyó el estruendo de otro trueno.
En ese momento, Esme se detuvo. Por lo visto, habíamos llegado a los límites del campo. Al parecer, ya se habían formado los equipos. Edward estaba en la parte izquierda del campo, bastante lejos; Carlisle se encontraba entre la primera y la segunda base, y Alice tenía la bola en su poder, en lo que debía ser la base de lanzamiento.
Emmett hacía girar un bate de aluminio, sólo perceptible por su sonido silbante, ya que era casi imposible seguir su trayectoria en el aire con la vista. Esperaba que se acercara a la base de meta, pero ya estaba allí, a una distancia inconcebible de la base de lanzamiento, adoptando la postura de bateo para cuando me quise dar cuenta. Jasper se situó detrás, a un metro escaso, para atrapar la bola para el otro equipo. Como era de esperar, ninguno llevaba guantes.
-De acuerdo -Esme habló con voz clara, y supe que Edward la había oído a pesar de estar muy alejado-, batea.
Alice permanecía erguida, aparentemente inmóvil. Su estilo parecía que estaba más cerca de la astucia, de lo furtivo, que de una técnica de lanzamiento intimidatorio. Sujetó la bola con ambas manos cerca de su cintura; luego, su brazo derecho se movió como el ataque de una cobra y la bola impactó en la mano de Jasper.
- ¿Ha sido un strike? -le pregunté a Esme.
-Si no la golpean, es un strike -me contestó.
Jasper lanzó de nuevo la bola a la mano de Alice, que se permitió una gran sonrisa antes de estirar el brazo para efectuar otro nuevo lanzamiento.
Esta vez el bate consiguió, sin saber muy bien cómo, golpear la bola invisible. El chasquido del impacto fue tremendo, atronador. Entendí con claridad la razón por la que necesitaban una tormenta para jugar cuando las montañas devolvieron el eco del golpe.
La bola sobrevoló el campo como un meteorito para irse a perder en lo profundo del bosque circundante.
-Carrera completa -murmuré.
-Espera -dijo Esme con cautela, escuchando atenta y con la mano alzada.
Emmett era una figura borrosa que corría de una base a otra y Carlisle, la sombra que lo seguía. Me di cuenta de que Edward no estaba.
- ¡Out!-cantó Esme con su voz clara.
Contemplé con incredulidad cómo Edward saltaba desde la linde del bosque con la bola en la mano alzada. Incluso yo pude ver su brillante sonrisa.
-Emmett será el que batea más fuerte -me explicó Esme-, pero Edward corre al menos igual de rápido.
Las entradas se sucedieron ante mis ojos incrédulos. Era imposible mantener contacto visual con la bola teniendo en cuenta la velocidad a la que volaba y el ritmo al que se movían alrededor del campo los corredores de base.
Comprendí el otro motivo por el cual esperaban a que hubiera una tormenta para jugar cuando Jasper bateó una roleta, una de esas pelotas que van rodando por el suelo, hacia la posición de Carlisle en un intento de evitar la infalible defensa de Edward.
Carlisle corrió a por la bola y luego se lanzó en pos de Jasper, que iba disparado hacia la primera base. Cuando chocaron, el sonido fue como el de la colisión de dos enormes masas de roca. Preocupada, me incorporé de un salto para ver lo sucedido, pero habían resultado ilesos.
-Están bien -anunció Esme con voz tranquila.
El equipo de Emmett iba una carrera por delante. Rosalie se las apañó para revolotear sobre las bases después de aprovechar uno de los larguísimos lanzamientos de Emmett, cuando Edward consiguió el tercer out. Se acercó de un salto hasta donde estaba yo, chispeante de entusiasmo.
- ¿Qué te parece? -inquirió.
-Una cosa es segura: no volveré a sentarme otra vez a ver esa vieja y aburrida Liga Nacional de Béisbol.
-Ya, suena como si lo hubieras hecho antes muchas veces -replicó Edward entre risas.
-Pero estoy un poco decepcionada -bromeé.
- ¿Por qué? -me preguntó, intrigado.
-Bueno, sería estupendo encontrar una sola cosa que no hagas mejor que cualquier otra persona en este planeta.
Esa sonrisa torcida suya relampagueó en su rostro durante un momento, dejándome sin aliento.
-Ya voy -dijo al tiempo que se encaminaba hacia la base del bateador.
Jugó con mucha astucia al optar por una bola baja, fuera del alcance de la excepcionalmente rápida mano de Rosalie, que defendía en la parte exterior del campo, y, veloz como el rayo, ganó dos bases antes de que Emmett pudiera volver a poner la bola en juego. Carlisle golpeó una tan lejos fuera del campo -con un estruendo que me hirió los oídos-, que Edward y él completaron la carrera. Alice chocó delicadamente las palmas con ellos.
El tanteo cambiaba continuamente conforme avanzaba el partido y se gastaban bromas unos a otros como otros jugadores callejeros al ir pasando todos por la primera posición. De vez en cuando, Esme tenía que llamarles la atención. Otro trueno retumbó, pero seguíamos sin mojarnos, tal y como había predicho Alice.
Carlisle estaba a punto de batear con Edward como receptor cuando Alice, de pronto, profirió un grito sofocado que sonó muy fuerte. Yo miraba a Edward, como siempre, y entonces le vi darse la vuelta para mirarla. Las miradas de ambos se encontraron y en un instante circuló entre ellos un flujo misterioso. Edward ya estaba a mi lado antes de que los demás pudieran preguntar a Alice qué iba mal.
- ¿Alice? -preguntó Esme con voz tensa.
-No lo he visto con claridad, no podría deciros... -susurró ella.
Para entonces ya se habían reunido todos.
- ¿Qué pasa, Alice? -le preguntó Carlisle a su vez con voz tranquila, cargada de autoridad.
-Viajan mucho más rápido de lo que pensaba. Creo que me he equivocado en eso -murmuró.
Jasper se inclinó sobre ella con ademán protector.
- ¿Qué es lo que ha cambiado? -le preguntó.
-Nos han oído jugar y han cambiado de dirección -señaló, contrita, como si se sintiera responsable de lo que fuera que la había asustado.
Siete pares de rápidos ojos se posaron en mi cara de forma fugaz y se apartaron.
- ¿Cuánto tardarán en llegar? -inquirió Carlisle, volviéndose hacia Edward.
Una mirada de intensa concentración cruzó por su rostro y respondió con gesto contrariado:
-Menos de cinco minutos. Vienen corriendo, quieren jugar.
- ¿Puedes hacerlo? -le preguntó Carlisle, mientras sus ojos se posaban sobre mí brevemente.
-No, con carga, no -resumió él-. Además, lo que menos necesitamos es que capten el olor y comiencen la caza.
- ¿Cuántos son? -preguntó Emmett a Alice.
-Tres -contestó con laconismo.
- ¡Tres! -exclamó Emmett con tono de mofa. Flexionó los músculos de acero de sus imponentes brazos-. Dejadlos que vengan.
Carlisle lo consideró durante una fracción de segundo que pareció más larga de lo que fue en realidad. Sólo Emmett parecía impasible; el resto miraba fijamente el rostro de Carlisle con los ojos llenos de ansiedad.
-Nos limitaremos a seguir jugando -anunció finalmente Carlisle con tono frío y desapasionado-. Alice dijo que sólo sentían curiosidad.
Pronunció las dos frases en un torrente de palabras que duró unos segundos escasos. Escuché con atención y conseguí captar la mayor parte, aunque no conseguí oír lo que Esme le estaba preguntando en este momento a Edward con una vibración silenciosa de sus labios. Sólo atisbé la imperceptible negativa de cabeza por parte de Edward y el alivio en las facciones de Esme.
-Intenta atrapar tú la bola, Esme. Yo me encargo de prepararla -y se plantó delante de mí.
Los otros volvieron al campo, barriendo recelosos el bosque oscuro con su mirada aguda. Alice y Esme parecían intentar orientarse alrededor de donde yo me encontraba.
-Suéltate el pelo -ordenó Edward con voz tranquila y baja.
Obedientemente, me quité la goma del pelo y lo sacudí hasta extenderlo todo a mí alrededor.
Comenté lo que me parecía evidente.
-Los otros vienen ya para acá.
-Sí, quédate inmóvil, permanece callada -intentó ocultar bastante bien el nerviosismo de su voz, pero pude captarlo-, y no te apartes de mi lado, por favor.
Tiró de mi melena hacia delante, y la enrolló alrededor de mi cara. Alice apuntó en voz baja:
-Eso no servirá de nada. Yo la podría oler incluso desde el otro lado del campo.
-Lo sé -contestó Edward con una nota de frustración en la voz.
Carlisle se quedó de pie en el prado mientras el resto retomaba el juego con desgana.
-Edward, ¿qué te preguntó Esme? -susurré.
Vaciló un momento antes de contestarme.
-Que si estaban sedientos -murmuró reticente.
Pasaron unos segundos y el juego progresaba, ahora con apatía, ya que nadie tenía ganas de golpear fuerte. Emmett, Rosalie y Jasper merodeaban por el área interior del campo. A pesar de que el miedo me nublaba el entendimiento, fui consciente más de una vez de la mirada fija de Rosalie en mí. Era inexpresiva, pero de algún modo, por la forma en que plegaba los labios, me hizo pensar que estaba enfadada.
Edward no prestaba ninguna atención al juego, sus ojos y su mente se encontraban recorriendo el bosque.
-Lo siento, Bella -murmuró ferozmente-. Exponerte de este modo ha sido estúpido e irresponsable por mi parte. ¡Cuánto lo siento!
Noté cómo contenía la respiración y fijaba los ojos abiertos como platos en la esquina oeste del campo. Avanzó medio paso, interponiéndose entre lo que se acercaba y yo.
Carlisle, Emmett y los demás se volvieron en la misma dirección en cuanto oyeron el ruido de su avance, que a mí me llegaba mucho más apagado.




Comentarios sobre El partido II
wenOp iOp sOii unaa fanatica de crepúsculO pObree
!!!
ii pss cOmo tu pOnes Los capituLos pss aqee Lo stOii LeiendO prO en tu pagina no encuentro eL capitulo 19 "despedidas" ni Los demas capitulos que le siguen
!!!
!
sqee nO tengO ningun librO ii pss iOo los qierO perO ia pasO navidad mi cumpLee ii tOdO Lo festivO ii nO tengO ninguna razón pOr La cuaL pedir qe me regaLen Los LibrOs
asii qe te qeria pediir pues qe los pongas en estOs dias!!!
weno ahora me voy pero espero que si lo hagas porque estare checando tu pagina
salee pues adios y gracias!
stefii! :
dale,seguiré subiendo los capitulos
hoy a la noche subo lo que falta lo q pasa q estos dias he estado ocupada :s jajaja
y me alegra q lo estes leyendo de acá xq ese era mi objetivo,q los q no lo pueden encontrar en otro lado lo lean de aca
saludos!