Los Cullen I
Finalmente, me despertó la tenue luz de otro día nublado. Yacía con el brazo sobre los ojos, grogui y confusa. Algo, el atisbo de un sueño digno de recordar, pugnaba por abrirse paso en mi mente. Gemí y rodé sobre un costado esperando volver a dormirme. Y entonces lo acaecido el día anterior irrumpió en mi conciencia.
- ¡Oh!
Me senté tan deprisa que la cabeza me empezó a dar vueltas.
-Tu pelo parece un almiar, pero me gusta.
La voz serena procedía de la mecedora de la esquina.
-¡Edward, te has quedado! -me regocijé y crucé el dormitorio para arrojarme irreflexivamente a su regazo. Me quedé helada, sorprendida por mi desenfrenado entusiasmo, en el instante en el que comprendí lo que había hecho. Alcé la vista, temerosa de haberme pasado de la raya, pero él se reía.
-Por supuesto -contestó, sorprendido, pero complacido de mi reacción. Me frotó la espalda con las manos.
Recosté con cuidado la cabeza sobre su hombro, inspirando el olor de su piel.
-Estaba convencida de que era un sueño.
-No eres tan creativa -se mofó.
-¡Charlie! -exclamé.
Volví a saltar de forma irreflexiva en cuanto me acordé de él y me dirigí hacia la puerta.
-Se marchó hace una hora... Después de volver a conectar los cables de la batería de tu coche, debería añadir. He de admitir cierta decepción. ¿Es todo lo que se le ocurre para detenerte si estuvieras decidida a irte?
Estuve reflexionando mientras me quedaba de pie, me moría de ganas de regresar junto a él, pero temí tener mal aliento.
-No sueles estar tan confundida por la mañana -advirtió.
Me tendió los brazos para que volviera. Una invitación casi irresistible.
-Necesito otro minuto humano -admití.
-Esperaré.
Me precipité hacia el baño sin reconocer mis emociones. No me conocía a mí misma, ni por dentro ni por fuera. El rostro del espejo, con los ojos demasiado brillantes y unas manchas rojizas de fiebre en los pómulos, era prácticamente el de una desconocida. Después de cepillarme los dientes, me esforcé por alisar la caótica maraña que era mi pelo. Me eché agua fría sobre el rostro e intenté respirar con normalidad sin éxito evidente. Regresé a mi cuarto casi a la carrera.
Parecía un milagro que siguiera ahí, esperándome con los brazos tendidos para mí. Extendió la mano y mi corazón palpitó con inseguridad.
-Bienvenida otra vez -musitó, tomándome en brazos.
Me meció en silencio durante unos momentos, hasta que me percaté de que se había cambiado de ropa y llevaba el pelo liso.
-¡Te has ido! -le acusé mientras tocaba el cuello de su camiseta nueva.
-Difícilmente podía salir con las ropas que entré. ¿Qué pensarían los vecinos?
Hice un mohín.
-Has dormido profundamente, no me he perdido nada -sus ojos centellearon-. Empezaste a hablar en sueños muy pronto.
Gemí.
-¿Qué oíste?
Los ojos dorados se suavizaron.
-Dijiste que me querías.
-Eso ya lo sabías -le recordé, hundí mi cabeza en su hombro.
-Da lo mismo, es agradable oírlo.
Oculté la cara contra su hombro.
-Te quiero -susurré.
-Ahora tú eres mi vida -se limitó a contestar.
No había nada más que decir por el momento. Nos mecimos de un lado a otro mientras se iba iluminando el dormitorio.
-Hora de desayunar -dijo al fin de manera informal para demostrar, estaba segura, que se acordaba de todas mis debilidades humanas.
Me protegí la garganta con ambas manos y lo miré fijamente con ojos abiertos de miedo. El pánico cruzó por su rostro.
-¡Era una broma! -me reí con disimulo-. ¡Y tú dijiste que no sabía actuar!
Frunció el ceño de disgusto.
-Eso no ha sido divertido.
-Lo ha sido, y lo sabes.
No obstante, estudié sus ojos dorados con cuidado para asegurarme de que me había perdonado. Al parecer, así era.
-¿Puedo reformular la frase? -preguntó-. Hora de desayunar para los humanos.
-Ah, de acuerdo.
Me echó sobre sus hombros de piedra, con suavidad, pero con tal rapidez que me dejó sin aliento. Protesté mientras me llevaba con facilidad escaleras abajo, pero me ignoró. Me sentó con delicadeza, derecha sobre la silla.
La cocina estaba brillante, alegre, parecía absorber mi estado de ánimo.
-¿Qué hay para desayunar? -pregunté con tono agradable.
Aquello le descolocó durante un minuto.
-Eh... No estoy seguro. ¿Qué te gustaría?
Arrugó su frente de mármol. Esbocé una amplia sonrisa y me levanté de un salto.
-Vale, sola me defiendo bastante bien. Obsérvame cazar.
Encontré un cuenco y una caja de cereales. Pude sentir sus ojos fijos en mí mientras echaba la leche y tomaba una cuchara. Puse el desayuno sobre la mesa, y luego me detuve para, sin querer ser irónica, preguntarle:
-¿Quieres algo?
Puso los ojos en blanco.
-Limítate a comer, Bella.
Me senté y le observé mientras comía. Edward me contemplaba fijamente, estudiando cada uno de mis movimientos, por lo que me sentí cohibida. Me aclaré la garganta para hablar y distraerle.
-¿Qué planes tenemos para hoy?
-Eh... -le observé elegir con cuidado la respuesta-. ¿Qué te parecería conocer a mi familia?
Tragué saliva.
-¿Ahora tienes miedo?
Parecía esperanzado.
-Sí -admití, pero cómo negarlo si lo podía advertir en mis ojos.
-No te preocupes -esbozó una sonrisa de suficiencia-. Té protegeré.
-No los temo a ellos -me expliqué-, sino a que no les guste. ¿No les va a sorprender que lleves a casa para conocerlos a alguien, bueno, a alguien como yo?
-Oh, están al corriente de todo. Ayer cruzaron apuestas, ya sabes -sonrió, pero su voz era severa-, sobre si te traería de vuelta, aunque no consigo imaginar la razón por la que alguien apostaría contra Alice. De todos modos, no tenemos secretos en la familia. No es viable con mi don para leer las mentes, la precognición de Alice y todo eso.
-Y Jasper haciéndote sentir todo el cariño con que te arrancaría las tripas.
-Prestaste atención -comentó con una sonrisa de aprobación.
-Sé hacerlo de vez en cuando -hice una mueca--. ¿Así que Alice me vio regresar?
Su reacción fue extraña.
-Algo por el estilo -comentó con incomodidad mientras se daba la vuelta para que no le pudiera ver los ojos. Le miré con curiosidad.
-¿Tiene buen sabor? -preguntó al volverse de repente y contemplar mi desayuno con un gesto burlón-. La verdad es que no parece muy apetitoso.
-Bueno, no es un oso gris irritado... -murmuré, ignorándole cuando frunció el ceño.
Aún me seguía preguntando por qué me había respondido de esa manera cuando mencioné a Alice. Mientras especulaba, me apresuré a terminar los cereales.
Permaneció plantado en medio de la cocina, de nuevo convertido en la estatua de un Adonis, mirando con expresión ausente por las ventanas traseras. Luego, volvió a posar los ojos en mí y esbozó esa arrebatadora sonrisa suya.
-Creo que también tú deberías presentarme a tu padre.
-Ya te conoce -le recordé.
-Como tu novio, quiero decir.
Le miré con gesto de sospecha.
-¿Por qué?
-¿No es ésa la costumbre? -preguntó inocentemente.
-Lo ignoro -admití. Mi historial de novios me ofrecía pocas referencias con las que trabajar, y ninguna de las reglas normales sobre salir con chicos venía al caso-. No es necesario, ya sabes. No espero que tú... Quiero decir, no tienes que fingir por mí.
Su sonrisa fue paciente.
-No estoy fingiendo.
Empujé el resto de los cereales a una esquina del cuenco mientras me mordía el labio.
-¿Vas a decirle a Charlie que soy tu novio o no? -quiso saber.
-¿Es eso lo que eres?
En mi fuero interno, me encogí ante la perspectiva de unir a Edward, Charlie y la palabra novio en la misma habitación y al mismo tiempo.
-Admito que es una interpretación libre, dada la connotación humana de la palabra.
-De hecho, tengo la impresión de que eres algo más -confesé clavando los ojos en la mesa.
-Bueno, no creo necesario darle todos los detalles morbosos -se estiró sobre la mesa y me levantó el mentón con un dedo frío y suave-. Pero vamos a necesitar una explicación de por qué merodeo tanto por aquí. No quiero que el jefe de policía Swan me imponga una orden de alejamiento.
-¿Estarás? -pregunté, repentinamente ansiosa-. ¿De veras vas a estar aquí?
-Tanto tiempo como tú me quieras -me aseguró.
-Te querré siempre -le avisé-. Para siempre.
Caminó alrededor de la mesa muy despacio y se detuvo muy cerca, extendió la mano para acariciarme la mejilla con las yemas de los dedos. Su expresión era inescrutable.
-¿Eso te entristece?
No contestó y me miró fijamente a los ojos por un periodo de tiempo inmensurable.
-¿Has terminado? --preguntó finalmente.
Me incorporé de un salto.
-Sí.
-Vístete... Te esperaré aquí.
Resultó difícil decidir qué ponerme. Dudaba que hubiera libros de etiqueta en los que se detallara cómo vestirte cuando tu novio vampiro te lleva a su casa para que conozcas a su familia vampiro. Era un alivio emplear la palabra en mi fuero interno. Sabía que yo misma la eludía de forma intencionada.
Terminé poniéndome mi única falda, larga y de color caqui, pero aun así informal. Me vestí con la blusa de color azul oscuro de la que Edward había hablado favorablemente en una ocasión. Un rápido vistazo en el espejo me convenció de que mi pelo era una causa perdida, por lo que me lo recogí en una coleta.
-De acuerdo -bajé a saltos las escaleras-. Estoy presentable.
Me esperaba al pie de las mismas, más cerca de lo que pensaba, por lo que salté encima de él. Edward me sostuvo, durante unos segundos me retuvo con cautela a cierta distancia antes de atraerme súbitamente.
-Te has vuelto a equivocar -me murmuró al oído-. Vas totalmente indecente. No está bien que alguien tenga un aspecto tan apetecible.
-¿Cómo de apetecible? Puedo cambiar...
Suspiró al tiempo que sacudía la cabeza.
-Eres tan ridícula...
Presionó con suavidad sus labios helados en mi frente y la habitación empezó a dar vueltas. El olor de su respiración me impedía pensar.
-¿Debo explicarte por qué me resultas apetecible?
Era claramente una pregunta retórica. Sus dedos descendieron lentamente por mi espalda y su aliento rozó con más fuerza mi piel. Mis manos descansaban flácidas sobre su pecho y otra vez me sentí aturdida. Inclinó la cabeza lentamente y por segunda vez sus fríos labios tocaron los míos con mucho cuidado, separándolos levemente.
Entonces sufrí un colapso.
-¿Bella? -dijo alarmado mientras me recogía y me alzaba en vilo.
-Has hecho que me desmaye... -le acusé en mi aturdimiento.
-¿Qué voy a hacer contigo? -Gimió con desesperación-. Ayer te beso, ¡y me atacas! ¡Y hoy te desmayas!
Me reí débilmente, dejando que sus brazos me sostuvieran mientras la cabeza seguía dándome vueltas.
-Eso te pasa por ser bueno en todo.
Suspiró.
-Ése es el problema -yo aún seguía grogui-. Eres demasiado bueno. Muy, muy bueno.
-¿Estás mareada? -preguntó. Me había visto así con anterioridad.
-No... No fue la misma clase de desfallecimiento de siempre. No sé qué ha sucedido -agité la cabeza con gesto de disculpa-. Creo que me olvidé de respirar.
-No te puedo llevar de esta guisa a ningún sitio.
-Estoy bien -insistí-. Tu familia va a pensar que estoy loca de todos modos, así que... ¿Cuál es la diferencia?
Evaluó mi expresión durante unos instantes.
-No soy imparcial con el color de esa blusa -comentó inesperadamente. Enrojecí de placer y desvié la mirada.
-Mira, intento con todas mis fuerzas no pensar en lo que estoy a punto de hacer, así que ¿podemos irnos ya?
-A ti no te preocupa dirigirte al encuentro de una casa llena de vampiros, lo que te preocupa es conseguir su aprobación, ¿me equivoco?
-No -contesté de inmediato, ocultando mi sorpresa ante el tono informal con el que utilizaba la palabra.
Sacudió la cabeza.
-Eres increíble.
Cuando condujo fuera del centro del pueblo comprendí que no tenía ni idea de dónde vivía. Cruzamos el puente sobre el río Calwah, donde la carretera se desviaba hacia el Norte. Las casas que aparecían de forma intermitente al pasar se encontraban cada vez más alejadas de la carretera, y eran de mayor tamaño. Luego sobrepasamos otro núcleo de edificios antes de dirigirnos al bosque neblinoso. Intentaba decidir entre preguntar o tener paciencia y mantenerme callada cuando giró bruscamente para tomar un camino sin pavimentar. No estaba señalizado y apenas era visible entre los helechos. El bosque, serpenteante entre los centenarios árboles, invadía a ambos lados el sendero hasta tal punto que sólo era distinguible a pocos metros de distancia.
Luego, a escasos kilómetros, los árboles ralearon y de repente nos encontramos en una pequeña pradera, ¿o era un jardín? Sin embargo, se mantenía la penumbra del bosque; no remitió debido a que las inmensas ramas de seis cedros primigenios daban sombra a todo un acre de tierra. La sombra de los árboles protegía los muros de la casa que se erguía entre ellos, dejando sin justificación alguna el profundo porche que rodeaba el primer piso.
No sé lo que en realidad pensaba encontrarme, pero definitivamente no era aquello. La casa, de unos cien años de antigüedad, era atemporal y elegante. Estaba pintada de un blanco suave y desvaído. Tenía tres pisos de altura y era rectangular y bien proporcionada. El monovolumen era el único coche a la vista. Podía escuchar fluir el río cerca de allí, oculto en la penumbra del bosque.
-¡Guau!
-¿Te gusta? -preguntó con una sonrisa.
-Tiene... cierto encanto.
Me tiró de la coleta y rió entre dientes. Luego, cuando me abrió la puerta, me preguntó.
-¿Lista?
-Ni un poquito... ¡Vamos!
Intenté reírme, pero la risa se me quedó pegada a la garganta. Me alisé el peso con gesto nervioso.
-Tienes un aspecto adorable.
Me tomó de la mano de forma casual, sin pensarlo.
Caminamos hacia el porche a la densa sombra de los árboles. Sabía que notaba mi tensión. Me frotaba el dorso de la mano, describiendo círculos con el dedo pulgar.
Me abrió la puerta.
El interior era aún más sorprendente y menos predecible que el exterior. Era muy luminoso, muy espacioso y muy grande. Lo más posible es que originariamente hubiera estado dividido en varias habitaciones, pero habían hecho desaparecer los tabiques para conseguir un espacio más amplio. El muro trasero, orientado hacia el sur, había sido totalmente reemplazado por una vidriera y más allá de los cedros, el jardín, desprovisto de árboles, se estiraba hasta alcanzar el ancho río. Una maciza escalera de caracol dominaba la parte oriental de la estancia. Las paredes, el alto techo de vigas, los suelos de madera y las gruesas alfombras eran todos de diferentes tonalidades de blanco.
Los padres de Edward nos aguardaban para recibirnos a la izquierda de la entrada, sobre un altillo del suelo, en el que descansaba un espectacular piano de cola.
Había visto antes al doctor Cullen, por supuesto, pero eso no evitó que su joven y ultrajante perfección me sorprendieran de nuevo. Presumí que quien estaba a su lado era Esme, la única a la que no había visto con anterioridad. Tenía los mismos rasgos pálidos y hermosos que el resto. Había algo en su rostro en forma de corazón y en las ondas de su suave pelo de color caramelo que recordaba a la ingenuidad de la época de las películas de cine mudo. Era pequeña y delgada, pero, aun así, de facciones menos pronunciadas, más redondeadas que las de los otros. Ambos vestían de manera informal, con colores claros que encajaban con el interior de la casa. Me sonrieron en señal de bienvenida, pero ninguno hizo ademán de acercarse a nosotros en lo que supuse era un intento de no asustarme. La voz de Edward rompió el breve lapso de silencio.
-Carlisle, Esme, os presento a Bella.
-Sé bienvenida, Bella.
El paso de Carlisle fue comedido y cuidadoso cuando se acercó a mí. Alzó una mano con timidez y me adelanté un paso para estrechársela.
-Me alegro de volver a verle, doctor Cullen.
-Llámame Carlisle, por favor.
Le sonreí de oreja a oreja con una repentina confianza que me sorprendió. Noté el alivio de Edward, que seguía a mi lado.
Esme sonrió y avanzó un paso para alcanzar mi mano. El apretón de su fría mano, dura como la piedra, era tal y como yo esperaba.
-Me alegro mucho de conocerte -dijo con sinceridad.
-Gracias. Yo también me alegro.
Y ahí estaba yo. Era como encontrarse formando parte de un cuento de hadas... Blancanieves en carne y hueso.
-¿Dónde están Alice y Jasper? -preguntó Edward, pero nadie tuvo ocasión de responder, ya que ambos aparecieron en ese momento en lo alto de las amplias escaleras.
-¡Hola, Edward! -le saludó Alice con entusiasmo.
Echó a correr escaleras abajo, una centella de pelo oscuro y tez nívea, que llegó para detenerse delante de mí repentinamente y con elegancia. Esme y Carlisle le lanzaron sendas miradas de aviso, pero a mí me agradó. Después de todo, eso era natural para ella.
-Hola, Bella -dijo Alice y se adelantó para darme un beso en la mejilla.
Si Carlisle y Esme habían parecido antes muy cautos, ahora se mostraron estupefactos. Mis ojos también reflejaban esa sorpresa, pero al mismo tiempo me complacía mucho que ella pareciera aceptarme por completo. Me sorprendió percatarme de que Edward, a mi lado, se ponía rígido. Le miré, pero su expresión era inescrutable.
-Hueles bien -me alabó, para mi enorme vergüenza-, hasta ahora no me había dado cuenta.
Nadie más parecía saber qué decir cuando Jasper se presentó allí, alto, leonino. Sentí una sensación de alivio y de repente me encontré muy a gusto a pesar del sitio en que me hallaba. Edward miró fijamente a Jasper y enarcó una ceja. Entonces recordé lo que éste era capaz de hacer.
-Hola, Bella -me saludó Jasper.
Mantuvo la distancia y no me ofreció la mano para que la estrechara, pero era imposible sentirse incómodo cerca de él.
-Hola, Jasper -le sonreí con timidez, y luego a los demás, antes de añadir como fórmula de cortesía-Me alegro de conoceros a todos... Tenéis una casa preciosa.
-Gracias -contestó Esme-. Estarnos encantados de que hayas venido.
Me habló con sentimiento, y me di cuenta de que pensaba que yo era valiente.



