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Los Cullen II

por Andrea
jueves, 12 de febrero del 2009 a las 00:35
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También caí en la cuenta de que no se veía por ninguna parte a Rosalie y a Emmett. Recordé entonces la negativa demasiado inocente de Edward cuando le pregunté si no les agradaba a todos.

La expresión de Carlisle me distrajo del hilo de mis pensamientos. Miraba a Edward de forma significativa con gran intensidad. Vi a Edward asentir una vez con el rabillo del ojo.

Miré hacia otro lado, intentando ser amable, y mis ojos vagaron de nuevo hacia el hermoso instrumento que había sobre la tarima al lado de la puerta. Súbitamente recordé una fantasía de mi niñez, según la cual, compraría un gran piano de cola a mi madre si alguna vez me tocaba la lotería. No era una buena pianista, sólo tocaba para sí misma en nuestro piano de segunda mano, pero a mí me encantaba verla tocar. Se la veía feliz, absorta, entonces me parecía un ser nuevo y misterioso, alguien diferente a la persona a quien daba por hecho que conocía. Me hizo tomar clases, por supuesto, pero, como la mayoría de los niños, lloriqueé hasta conseguir que dejara de llevarme.

Esme se percató de mi atención y, señalando el piano con un movimiento de cabeza, me preguntó:

-¿Tocas?

Negué con la cabeza.

-No, en absoluto. Pero es tan hermoso... ¿Es tuyo?

-No -se rió-. ¿No te ha dicho Edward que es músico?

-No -entrecerré los ojos antes de mirarle-. Supongo que debería de haberlo sabido.

Esme arqueó las cejas como muestra de su confusión.

-Edward puede hacerlo todo, ¿no? -le expliqué.

Jasper se rió con disimulo y Esme le dirigió una mirada de reprobación.

-Espero que no hayas estado alardeando... Es de mala educación -le riñó.

-Sólo un poco -Edward rió de buen grado, el rostro de Esme se suavizó al oírlo y ambos intercambiaron una rápida mirada cuyo significado no comprendí, aunque la faz de ella parecía casi petulante.

-De hecho -rectifiqué-, se ha mostrado demasiado modesto.

-Bueno, toca para ella -le animó Esme.

-Acabas de decir que alardear es de mala educación -objetó Edward.

-Cada regla tiene su excepción -le replicó.

-Me gustaría oírte tocar -dije, sin que nadie me hubiera pedido mi opinión.

-Entonces, decidido.

Esme empujó hacia el piano a Edward, que tiró de mí y me hizo sentarme a su lado en el banco. Me dedicó una prolongada y exasperada mirada antes de volverse hacia las teclas.

Luego sus dedos revolotearon rápidamente sobre las teclas de marfil y una composición, tan compleja y exuberante que resultaba imposible creer que la interpretara un único par de manos, llenó la habitación. Me quedé boquiabierta del asombro y a mis espaldas oí risas en voz baja ante mi reacción.

Edward me miró con indiferencia mientras la música seguía surgiendo a nuestro alrededor sin descanso. Me guiñó un ojo:

-¿Te gusta?

-¿Tú has escrito esto? -dije entrecortadamente al comprenderlo.

Asintió.

-Es la favorita de Esme.

Cerré los ojos al tiempo que sacudía la cabeza.

-¿Qué ocurre?

-Me siento extremadamente insignificante.

El ritmo de la música se hizo más pausado hasta transformarse en algo más suave y, para mi sorpresa, entre la profusa maraña de notas, distinguí la melodía de la nana que me tarareaba.

-Tú inspiraste ésta -dijo en voz baja. La música se convirtió en algo de desbordante dulzura.

No me salieron las palabras.

-Les gustas, ya lo sabes -dijo con tono coloquial-. Sobre todo a Esme.

Eché un fugaz vistazo a mis espaldas, pero la enorme estancia se había quedado vacía.

- ¿Adonde han ido?

-Supongo que, muy sutilmente, nos han concedido un poco de intimidad.

Suspiré.

-Les gusto, pero Rosalie y Emmett... -dejé la frase sin concluir porque no estaba muy segura de cómo expresar mis dudas.

Edward torció el gesto.

-No te preocupes por Rosalie -insistió con su persuasiva mirada-. Cambiará de opinión.

Fruncí los labios con escepticismo.

-¿Y Emmett?

-Bueno, opina que soy un lunático, lo cual es cierto, pero no tienen ningún problema contigo. Está intentando razonar con Rosalie.

-¿Qué le perturba? -inquirí, no muy segura de querer conocer la respuesta.

Suspiró profundamente.

-Rosalie es la que más se debate contra... contra lo que somos. Le resulta duro que alguien de fuera de la familia sepa la verdad, y está un poco celosa.

-¿Rosalie tiene celos de mí? -pregunté con incredulidad.

Intenté imaginarme un universo en el que alguien tan impresionante como Rosalie tuviera alguna posible razón para sentir celos de alguien como yo.

-Eres humana -Edward se encogió de hombros-. Es lo que ella también desearía ser.

-Vaya -musité, aún aturdida-. En cuanto a Jasper...

-En realidad, eso es culpa mía -me explicó-. Ya te dije que era el que hace menos tiempo que está probando nuestra forma de vida. Le previne para que se mantuviera a distancia.

Pensé en la razón de esa instrucción y me estremecí.

-¿Y Esme y Carlisle...? -continué rápidamente para evitar que se diera cuenta.

-Son felices de verme feliz. De hecho, a Esme no le preocuparía que tuvieras un tercer ojo y dedos palmeados. Durante todo este tiempo se ha preocupado por mí, temiendo que se hubiera perdido alguna parte esencial de mi carácter, ya que era muy joven cuando Carlisle me convirtió... Está entusiasmada. Se ahoga de satisfacción cada vez que te toco.

-Alice parece muy... entusiasta.

-Alice tiene su propia forma de ver las cosas -murmuró con los labios repentinamente contraídos.

-Y no me la vas a explicar, ¿verdad?

Se produjo un momento de comunicación sin palabras entre nosotros. Edward comprendió que yo sabía que me ocultaba algo y yo que no me lo iba a revelar. Ahora, no.

-¿Qué te estaba diciendo antes Carlisle?

Sus cejas se juntaron hasta casi tocarse.

-Te has dado cuenta, ¿verdad?

Me encogí de hombros.

-Naturalmente.

Me miró con gesto pensativo durante unos segundos antes de responder.

-Quería informarme de ciertas noticias... No sabía si era algo que yo debería compartir contigo.

-¿Lo harás?

-Tengo que hacerlo, porque durante los próximos días, tal vez semanas, voy a ser un protector muy autoritario y me disgustaría que pensaras que soy un tirano por naturaleza.

-¿Qué sucede?

-En sí mismo, nada malo. Alice acaba de «ver» que pronto vamos a tener visita. Saben que estamos aquí y sienten curiosidad.

-¿Visita?

-Sí, bueno... Los visitantes se parecen a nosotros en sus hábitos de caza, por supuesto. Lo más probable es que no vayan a entrar al pueblo para nada, pero, desde luego, no voy a dejar que estés fuera de mi vista hasta que se hayan marchado.

Me estremecí.

-¡Por fin, una reacción racional! -murmuró-. Empezaba a creer que no tenías instinto de supervivencia alguno.

Dejé pasar el comentario y aparté la vista para que mis ojos recorrieran de nuevo la espaciosa estancia. Él siguió la dirección de mi mirada.

-No es lo que esperabas, ¿verdad? -inquirió muy ufano.

-No -admití.

-No hay ataúdes ni cráneos apilados en los rincones. Ni siquiera creo que tengamos telarañas... ¡Qué decepción debe de ser para ti! -prosiguió con malicia.

Ignoré su broma.

-Es tan luminoso, tan despejado.

Se puso más serio al responder:

-Es el único lugar que tenemos para escondernos.

Edward seguía tocando la canción, mi canción, que siguió fluyendo libremente hasta su conclusión, las notas finales habían cambiado, eran más melancólicas y la última revoloteó en el silencio de forma conmovedora.

-Gracias -susurré.

Entonces me di cuenta de que tenía los ojos anegados en lágrimas. Me las enjugué, avergonzada.

Rozó la comisura de mis ojos para atrapar una lágrima que se me había escapado. Alzó el dedo y examinó la gota con ademán inquietante. Entonces, a una velocidad tal que no pude estar segura de que realmente lo hiciera, se llevó el dedo a la boca para saborearla.

Le miré de manera intuitiva, y Edward sostuvo mí mirada un prolongado momento antes de esbozar una sonrisa finalmente.

-¿Quieres ver el resto de la casa?

-¿Nada de ataúdes? -me quise asegurar.

El sarcasmo de mi voz no logró ocultar del todo la leve pero genuina ansiedad que me embargaba. Se echó a reír, me tomó de la mano y me alejó del piano.

-Nada de ataúdes -me prometió.

Acaricié la suave y lisa barandilla con la mano mientras subíamos por la imponente escalera. En lo alto de la misma había un gran vestíbulo de paredes revestidas con paneles de madera color miel, el mismo que las tablas del suelo.

-La habitación de Rosalie y Emmett... El despacho de Carlisie. .. -Hacía gestos con la mano conforme íbamos pasando delante de las puertas-. La habitación de Alice...

Edward hubiera continuado, pero me detuve en seco al final del vestíbulo, contemplando con incredulidad el ornamento que pendía del muro por encima de mi cabeza. Se rió entre dientes de mi expresión de asombro.

-Puedes reírte, es una especie de ironía.

No lo hice. De forma automática, alcé la mano con un dedo extendido como si fuera a tocar la gran cruz de madera. Su oscura pátina contrastaba con el color suave de la pared. Pero no la toqué, aun cuando sentí curiosidad por saber si su madera antigua era tan suave al tacto como aparentaba.

-Debe de ser muy antigua -aventuré.

Se encogió de hombros.

-Es del siglo XVI, a principios de la década de los treinta, más o menos.

Aparté los ojos de la cruz para mirarle.

-¿Por qué conserváis esto aquí?

-Por nostalgia. Perteneció al padre de Carlisle.

-¿Coleccionaba antigüedades? -sugerí dubitativamente.

-No. La talló él mismo para colgarla en la pared, encima del pulpito de la vicaría en la que predicaba.

No estaba segura de si la cara delataba mi sorpresa, pero, sólo por si acaso, continué mirando la sencilla y antigua cruz. Efectué el cálculo de memoria. La reliquia tendría unos trescientos setenta años. El silencio se prolongó mientras me esforzaba por asimilar la noción de tantísimos años.

-¿Te encuentras bien? -preguntó preocupado.

-¿Cuántos años tiene Carlisle? -inquirí en voz baja, sin apartar los ojos de la cruz e ignorando su pregunta.

-Acaba de celebrar su cumpleaños tricentésimo sexagésimo segundo -contestó Edward. Le miré de nuevo, con un millón de preguntas en los ojos.

Me estudió atentamente mientras hablaba:

-Carlisle nació en Londres, él cree que hacia 1640. Aunque las fechas no se señalaban con demasiada precisión en aquella época, al menos, no para la gente común, sí se sabe que sucedió durante el gobierno de Cromwell.

No descompuse el gesto, consciente del escrutinio al que Edward me sometía al informarme:

-Fue el hijo único de un pastor anglicano. Su madre murió al alumbrarle a él. Su padre era un fanático. Cuando los protestantes subieron al poder, se unió con entusiasmo a la persecución desatada contra los católicos y personas de otros credos. También creía a pies juntillas en la realidad del mal. Encabezó partidas de caza contra brujos, licántropos... y vampiros.

Me quedé aún más quieta ante la mención de esa palabra. Estaba segura de que lo había notado, pero continuó hablando sin pausa.

-Quemaron a muchos inocentes, por supuesto, ya que las criaturas a las que realmente ellos perseguían no eran tan fáciles de atrapar.

»E1 pastor colocó a su obediente hijo al frente de las razias cuando se hizo mayor. Al principio, Carlisle fue una decepción. No se precipitaba en lanzar acusaciones ni veía demonios donde no los había, pero era persistente y mucho más inteligente que su padre. De hecho, localizó un aquelarre de auténticos vampiros que vivían ocultos en las cloacas de la ciudad y sólo salían de caza durante las noches. En aquellos días, cuando los monstruos no eran meros mitos y leyendas, ésa era la forma en que debían vivir.

-La gente reunió horcas y teas, por supuesto, y se apostó allí donde Carlisle había visto a los monstruos salir a la calle -ahora la risa de Edward fue más breve y sombría-. Al final, apareció uno.

»Debía de ser muy viejo y estar debilitado por el hambre. Carlisle le oyó cómo avisaba a los otros en latín cuando detectó el efluvio del gentío -Edward hablaba con un hilo de voz y tuve que aguzar el oído para comprender las palabras-. Luego, corrió por las calles y Carlisle, que tenía veintitrés años y era muy rápido, encabezó la persecución. La criatura podía haberlos dejado atrás con facilidad, pero se revolvió y, dándose la vuelta, los atacó. Carlisle piensa que debía estar sediento. Primero se abalanzó sobre él, pero le plantó cara para defenderse y había otros muy cerca a quienes atacar. El vampiro mató a dos hombres y se escabulló llevándose a un tercero y dejando a Carlisle sangrando en la calle.

Hizo una pausa. Intuí que estaba censurando una parte de la historia, que me ocultaba algo.

-Carlisle sabía lo que haría su padre: quemar los cuerpos y matar a cualquiera que hubiera resultado infectado por el monstruo. Carlisle actuó por instinto para salvar su piel. Se alejó a rastras del callejón mientras la turba perseguía al monstruo y a su presa. Se ocultó en un sótano y se enterró entre patatas podridas durante tres días. Es un milagro que consiguiera mantenerse en silencio y pasar desapercibido.

»Se dio cuenta de que se había «convertido» cuando todo terminó.

No estaba muy segura de lo que reflejaba mi rostro, pero de repente enmudeció.

-¿Cómo te encuentras? -preguntó.

-Estoy bien -le aseguré, y, aunque me mordí el labio dubitativa, debió de ver la curiosidad reluciendo en mis ojos.

-Espero -dijo con una sonrisa- que tengas algunas preguntas que hacerme.

-Unas cuantas.

Al sonreír, Edward dejó entrever su brillante dentadura. Se dirigió de vuelta al vestíbulo, me tomó de la mano y me arrastró.

-En ese caso, vamos -me animó-. Te lo voy a mostrar.

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